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Escrito por Administrador   
martes, 20 de octubre de 2009

Abel y Enoc nos ilustran hermosamente dos aspectos de la obra de Dios en sus hijos: la justificación y la aprobación.

En Hebreos capítulo 11 aparecen estos dos patriarcas encabezando la lista ilustre de los héroes de la fe. De Abel se dice: "Por la fe Abel ofreció más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella" (Heb. 11:4). De Enoc se dice: "Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios" (Heb. 11:5).

Abel es el primero de quien se dice que fue justificado por la fe. Y fue justificado no por su conducta –buena, sin duda–, sino por su ofrenda. Hermoso tipo es este de la fe neotestamentaria, atribuida no por obras, sino por la fe.

Su fe provocó un hecho centrado, no en sí mismo, sino en aquello con lo que se presentó delante de Dios. Para presentarnos delante de Dios no debemos dejar que Su mirada se pose en nosotros directamente, sino en nuestra ofrenda, para no ser consumidos. La ofrenda de Abel es Cristo mismo, que, cual Cordero, fue inmolado, y por cuya sangre nos presentamos limpios delante de la presencia de Dios.

Abel murió tempranamente en manos de su impío hermano. Por tanto, su ejemplo es el ejemplo de las cosas tempranas, de la fe inicial, de la fe que salva.

Distinto es lo que ocurre con Enoc. Él tuvo un largo caminar –aunque sin duda breve si lo comparamos con el de su padre y su hijo– en que disfrutó la intimidad con Dios. Y en esto, Enoc representa la senda de la pos-justificación. Lo que hacemos luego de ser justificados por la fe. En dos partes Génesis dice: "Y caminó Enoc con Dios" (5:22 y 24).

Lo que no pudo mostrársenos en Abel debido a su corta existencia, se nos muestra en Enoc, en su ejemplar modo de vivir cerca de Dios. Habiendo caminado con Dios, él tuvo testimonio de haber agradado a Dios. Abel alcanzó la justicia en su solo acto de fe; Enoc obtuvo el agrado de Dios por su larga travesía con él. ¡Oh, cuán diferente es el ser justificado por Dios del agradar a Dios! Uno abarca un segundo; lo otro, toda una vida.

Si pudiésemos asomarnos a esa intimidad de Enoc con Dios, cuántas lecciones prácticas veríamos, cuántos secretos, cuántas claves valiosas. Sin embargo, no nos es dicho qué hubo allí. Un velo de misterio cubre esa sublime amistad de Dios con un mortal.

Pero Dios no se ha quedado sin testimonio, y tampoco nos ha mezquinado las luces necesarias para que no nos extraviemos del camino. Tal vez la clave esté en la misma frase: "Caminó con Dios". No Dios con Enoc, sino Enoc con Dios. Es decir, no a la manera del hombre, sino a la manera de Dios.

Son tantas las ideas, presuposiciones y métodos que encierra el corazón humano, que bastaría vaciarnos de ellos, para tomar de Dios las directrices de cómo caminar con él. Vaciándonos de tanta humanidad, y llenándonos de divinidad por su palabra, por su Espíritu, por su vida. Dedicándonos a oírle y a creerle, en vez de hacer tantas cosas a nuestro modo. Quedándonos quietos, para ver cómo Dios nos salva cada día.

Abel y Enoc, dos nombres, dos vidas, pero una sola realidad en el creyente. Dos ejemplos para ser vividos en cada vida.

 
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